Obituario

Javier Lacunza Tolosana, maestro de gaiteros

Javier Lacunza Tolosana
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Javier Lacunza Tolosana
Javier Lacunza Tolosana

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Juan Cruz Alli

Publicado el 15/04/2026 a las 05:00

El domingo 12 de abril amaneció con una triste noticia: el fallecimiento de Javier Lacunza Tolosana (Artajona, 1943-Pamplona, 2026). Fue una buena persona, miembro fundador y alma de los Gaiteros de Pamplona-Iruñeko Gaiteroak, uno de los imprescindibles sanfermineros. Hoy sufrimos con su familia, sus compañeros los hermanos José Luis, Juan Mari y Elena Fraile, sus numerosísimos amigos, sus discípulos, sus admiradores y lo harían los gigantes y cabezudos si no fueran de cartón aislados en su sótano de autobuses, pero con un corazón menos duro que muchos seres supuestamente humanos. 

He recordado inmediatamente que la poesía-lección moral del comediógrafo Fiacro Iraizoz Espinal (Pamplona, 1860-Madrid, 1929) dedicada a los gigantes se inicia con la invocación de la gaita que con tanta maestría tocaba Javier Lacunza: “¿Oyes las notas vibrantes / de esa gaita tan chillona? / Pues espera unos instantes / que vas a ver los gigantes, / los gigantes de Pamplona”. Ha sido mucho más que un tañedor, por ser lutier del instrumento, maestro de varias generaciones, autor con su hermano Fernando de un 'Método de gaita navarra' (1968) y cabeza de una escuela de gaiteros que han elevado la calidad, impulsando su recuperación, presencia e importancia.

Javier era un gaitero “de escuela” con formación musical de solfeo y clarinete en el Conservatorio Pablo Sarasate, conociendo las posibilidades y la entidad propia de la “gaita navarra”. Con sus compañeros los hermanos Fraile estudiaron y trabajaron los materiales de la boquilla, el tudel, las cañas y el tubo, perfeccionando sus características técnicas y posibilidades sonoras. Fueron investigadores y artesanos “exquisitos” en la búsqueda y tratamiento del boj más adecuado y en el cortado y pulido hasta la transparencia de las cañas, que diesen el mejor sonido y tuviesen más duración.

Al conocimiento musical añadió Javier su fuerza pulmonar y respiración profunda y la maestría con el labio para lograr el tono con los elementos del instrumento como las palas de caña (lengüeta doble) y el uso de los agujeros del tubo, que no es sencillo. Aunque la gaita o dulzaina se considera un instrumento popular, construido materialmente por los propios músicos, es del rango y características de otros más “académicos” y reconocidos como el saxofón, el clarinete y el oboe. La gaita es culta en cuanto medio de una cultura rural y tradicional que ha utilizado los medios de la naturaleza para expresar su arte musical. Por ello son distintas las sonoridades y afinaciones de cada ejemplar. Los gaiteros se acompañaban de un niño aprendiz que era el tamborrero o tamborilero. Recordamos a Mari Mondela, siempre niño, que iniciaba el redoble a la voz de su padre: “Mari, toca”, que fue su apodo “Maritoca”, cuyo tamboril dejó en herencia a ‘La Meca’.

A los hermanos Lacunza hay que situar como continuadores de una tradición de la que forman parte otros grupos familiares como los estelleses Romano, Pérez de Lazárraga, Iglesias, Elizaga, Montero, los pamploneses Lumbreras y Mondejar, y los Casa Torres de Echarri-Aranaz. Si en la tradición de la gaita existen dúos de hermanos, incluso tríos con el tamboril, Javier tuvo los “amigos-hermanos” en José Luis, Juan Mari y Elena Fraile. A todos ellos se ha de reconocer el incremento del repertorio tradicional (dianas, bailables tan esenciales como el “de la era” o los danzantes de Ochagavía y los pasacalles/kalejirak de los gigantes) y el arreglo de composiciones elaboradas para otros instrumentos al haberse compuesto muy poco para gaita. Los Lacunza-Fraile han demostrado la versatilidad de la gaita y las posibilidades de adaptarla a otros medios y agrupaciones como bandas.

Los 50 años de participación de Javier en los Sanfermines le fueron reconocidos en un homenaje en 2016. Ariztimuño expresó el deseo de que Javier y José Luis tirasen el cohete “por reconocimiento histórico”. “Son pieza fundamental para la historia de la gaita, de la cultura y de Pamplona”, dijo. En 2025 fue nominado por el colectivo de gaiteros para lanzar el cohete el 6 de julio.

Celebrando en el Condestable el centenario del concurso de gaiteros de 1924, José Luis Fraile expresó lo que sentían los gaiteros formando parte de la fiesta: “Como músico, es muy satisfactorio ver a la gente disfrutar mientras tocas en la calle, a los niños saltando, corriendo o estando con los gigantes. Poder hacer algo con esa música te llega al alma, así que 50 años haciendo lo que he hecho se pasan rápido”. Este fue el espíritu que movió a Javier, al que se dedicó en cuerpo y alma.

Se nos ha ido Javier, como todos, incluso los gigantes de Pamplona cada día que salen a la calle: “Ya acabaron de pasar; / ya se alejan tan gentiles, / bailando a todo bailar / esa danza popular / de gaitas y tamboriles”. Lo ha hecho trabajando por las costumbres y la cultura de su tierra, haciendo partícipes a los demás de lo que había conseguido, siguiendo el consejo del poeta Iraizoz al final de sus versos: “Sé humilde tu vida entera; / huye siempre de un encuentro / con esa gente altanera / que va mostrando por fuera / lo que no tiene por dentro. / Y piensa que hay mil farsantes / de apariencia fanfarrona, / muy soberbios, muy boyantes. / ¡Y son como los gigantes, / los gigantes de Pamplona!”.

Con mi condolencia a su familia de sangre y musical, goian bego.

El autor es admirador del fallecido.

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